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¿Acelerando en la bajada?

El que comienza seguramente será otro excelente año para la economía uruguaya. En primer lugar, porque el escenario internacional continuará decididamente ayudando; tasas de interés bajísimas, dólar débil, precios de commodities al alza, países emergentes creciendo a tasas impresionantes y recibiendo capitales en abundancia. En segundo lugar, porque el mercado doméstico continuará tonificado, basado en un desempleo que continuará cayendo, en salarios reales que continuarán en ascenso, y consumidores que mantienen expectativas favorables sobre el futuro. En este contexto, y suponiendo que casi la única amenaza en el horizonte ?la situación de Europa- no se materializa en forma imprevista y virulenta, Uruguay crecerá un 6% en 2011. Para un país que creció al 1,4% promedio anual durante la segunda mitad del siglo XX, sin dudas otro año de crecimiento fabuloso. Las buenas nuevas merecen, sin embargo, algunas advertencias.

Primero, existen varias razones para pensar que un año más de crecimiento a un ritmo de 6% -luego de haber crecido a una tasa promedio anual de 6,2% entre 2004 y 2010- comenzará a generar cierto recalentamiento en la economía uruguaya. Una economía recalentada no sólo implicaría mayores presiones inflacionarias, sino también la posibilidad de que algunas variables claves (como ser los precios de los activos, el consumo privado, etc.) comiencen a adoptar trayectorias insostenibles en el tiempo.

La principal razón para sostener que la economía uruguaya se aproxima hacia una fase de recalentamiento, deriva en buena medida de admitir que actualmente ésta se encuentra creciendo por encima de su tasa de crecimiento potencial. Definida como aquella tasa de crecimiento que una economía puede sostener en el largo plazo, la tasa de crecimiento potencial depende en última instancia de la acumulación de factores de producción ?capital físico y capital humano- y de la productividad con la cual éstos se combinan en el proceso de producción. Aún cuando resulta razonable afirmar que la tasa de crecimiento potencial de Uruguay se ha incrementado en la última década -fundamentalmente debido a aumentos en la tasa de inversión, que históricamente se ubicaba en el entorno del 13% del PIB y hoy se ubica cerca del 20%, y de importantes mejoras de productividad, especialmente en algunos sectores como el agroindustrial- Uruguay probablemente no pueda crecer en forma sostenida ?y por tanto sin comenzar a partir de cierto punto generar desequilibrios macroeconómicos- a una tasa del 6%. De hecho, nuestras estimaciones sitúan dicha tasa de crecimiento potencial en guarismos cercanos al 4,5%.

Naturalmente, Uruguay ?como cualquier país- puede crecer por encima o por debajo de su tasa de crecimiento de largo plazo por un determinado período, sin que ello suponga necesariamente un problema. En efecto, esto es lo que ha sucedido en los últimos siete años, en los cuales como se señaló el país creció a un 6,2% promedio anual. En efecto, la capacidad ociosa de la economía post crisis 2002, junto con los incrementos en la inversión y en la productividad observados en los últimos años, nos ha permitido hasta ahora satisfacer la creciente demanda interna y externa sin mayores inconvenientes. Pero hay razones para pensar que a partir de 2011, la oferta tendrá más dificultades para satisfacer una demanda que continúa al alza.

El indicador más claro de ello se encuentra hoy dado por la situación del mercado laboral. No sólo la tasa de desempleo se ubica en mínimos históricos (6,1%), sino que la composición de dicho desempleo resulta tremendamente heterogénea, en particular en lo que a nivel educativo refiere: casi dos tercios de los desempleados tiene primer ciclo incompleto. Esto implica que el mercado laboral para individuos con cierta calificación se encuentra cerca del pleno empleo, lo que ?incrementos de demanda mediante- implicará presiones al alza sobre el salario real. Desde luego, algo muy bueno para los trabajadores, pero potencialmente peligroso para los equilibrios macroeconómicos, en la medida de que dichos aumentos de salarios no guarden relación con los fundamentos de la economía.

Crecer por tanto con la economía cercana al pleno empleo será el rasgo distintivo de 2011. Indudablemente, ello no es algo indeseable -difícilmente mantener una baja tasa de desempleo lo sea-, sino algo que implicará desafíos, tanto para actores privados como para los hacedores de política. Para los primeros, la creciente necesidad de compensar las presiones a los aumentos de los costos (como por ejemplo salarios) vía mejoras continuas en la productividad, para defender su competitividad. Para los segundos, la necesidad de al menos plantearse la interrogante de si ha llegado ese momento en el cual crecer a ritmo más lento -pero más sostenible- es en efecto una opción más saludable.

En un país dolarizado en el cual la política monetaria tiene limitadas posibilidades de incidir en la demanda, la responsabilidad de contribuir a enfriar la demanda recaería, inexorablemente, en una política fiscal algo más contractiva. Dentro de ésta, las opciones son en esencia dos: reducir el gasto fiscal, y/o aumentar los impuestos. Es decir, ya sea el Estado o los privados, deberían atenuar el crecimiento del gasto. Por cierto que este ?enfriamiento keynesiano? tiene menos sex appeal que su opuesto expansivo; es innegablemente más divertido incrementar el gasto, o discutir rebajas de IVA. Pero no por ello la discusión debe soslayarse. Desde luego que no nos olvidamos de que toda política que ayude a mejorar la cantidad y calidad de la oferta -como ser incentivar inversiones en infraestructura y las mejoras en la calidad educativa- sería muy bienvenida. Pero en la medida que éstas demoran en implementarse, al menos discutir sobre la pertinencia de atemperar la demanda, parece más prudente que sencillamente acelerar en bajada.

Por Ec. Rafael Mantero
Analista de CPA Ferrere

Nota publicada en el diario El Observador en edición del día Martes 1 de febrero de 2011
Imagen de nota cortesía de El Observador.