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El desenfocado debate sobre la equidad

El debate sobre la inequidad ha ocupado un lugar importante de la agenda pública durante las últimas semanas. La desigual distribución del ingreso entre los uruguayos está en centro de las preocupaciones. En cierta medida los datos avalan esta inquietud, sobre todo por tratarse de una sociedad que defiende la cohesión y la justicia social como características deseables. Los hogares que integran el 10% más pobre de la población disponen del 2% del ingreso total país, mientras que el 10% de hogares más ricos de nuestra sociedad percibe el 32% de la masa de ingresos. Adicionalmente, la pobreza afectó al 20% de los uruguayos en 2009 y, lo que es peor, el 38% de los niños menores de 6 años vivía bajo la línea de pobreza en ese mismo año.

Ante esta situación, en las últimas semanas hemos escuchado propuestas que promueven resolver los problemas de inequidad abogando por una mayor justicia tributaria, es decir, aumentar los impuestos a los que ganan más. Naturalmente se trata de un camino relativamente fácil de recorrer. No es necesario aclarar además de que se trata de una propuesta simpática y fácil de capitalizar políticamente, ya que sería bien recibida por buena parte de la población.

Sin embargo, quienes promueven estas medidas levantando la bandera de la equidad están, a mi juicio, desenfocados y parcialmente equivocados. Están desenfocados porque, recurriendo a analogías con la medicina, están atacando un síntoma y no las causas últimas de la enfermedad. Están equivocados además porque la desigualdad de ingresos no es algo intrínsecamente malo. En grandes líneas, las diferencias de ingresos entre las personas tienen dos orígenes. El primero de ellos tiene que ver con el talento, la eficiencia, el esfuerzo y el trabajo. En una sociedad imaginaria donde todos los ciudadanos tengan las mismas oportunidades, las diferencias de ingresos serían únicamente un premio al esfuerzo, al talento natural o simplemente a la preferencia de trabajar más tiempo que otros. Si esta fuera la única fuente de diferencias de ingresos entre ciudadanos, el problema de la equidad no debería ser una preocupación mayor. La segunda fuente de inequidad es la desigualdad de oportunidades. Esta sí es preocupante. Es la fuente de futuras inequidades de ingresos, inequidades que son la más cruda manifestación de injusticia social. Naturalmente, identificar qué parte de la desigualdad observada corresponde a cada uno de estos orígenes no es trivial, aunque su distinción puede ser de utilidad para orientar políticas.

Quienes adoptamos una concepción más bien Rawlsiana de la equidad entendemos que el Estado debería operar para reducir la inequidad atacando la desigualdad de oportunidades. Esto implica idealmente garantizar a todos los ciudadanos el acceso a las mismas oportunidades, de manera tal de que el ingreso de una persona dependa finalmente de cualidades como el talento y el esfuerzo, y no de la suerte de haber nacido en un contexto socioeconómico favorable que le brinde la educación mínima necesaria para competir en este mundo cada vez más exigente.

Si los números presentados al comienzo de este artículo resultaron preocupantes, las cifras de la educación uruguaya son mucho más alarmantes, sobre todo si se tiene en cuenta que es uno de los síntomas más flagrantes de desigualdad de oportunidades. Desde hace varios años los uruguayos tenemos la impresión de que nuestro sistema educativo no es bueno, los jóvenes lo abandonan, no prepara a nuestros estudiantes para el mundo moderno y, además, hay evidencia que muestra que se ha ido rezagando a nivel internacional y regional.

Recientemente, los resultados de las pruebas PISA confirmaron algunas de estas sospechas: Uruguay está rankeado en la posición 47 entre 66 países evaluados. Lejos de ser la Suiza de América nuestro desempeño educativo en el área de lectura es similar al de países como Bulgaria, México, Tailandia y Rumania. Nuestro consuelo es que estamos ubicados segundos en América Latina, aunque Perú, Chile y Brasil progresan más rápido. Resulta llamativa la forma en que algunas autoridades de la educación parecieron restarle importancia a estos resultados, que encierran además una alarmante inequidad entre los estudiantes uruguayos. El 70% de los estudiantes que asistían en 2009 a una institución de contexto sociocultural desfavorable no alcanzó los niveles mínimos de competencia en pruebas de lectura, mientras que entre los estudiantes de contexto muy favorable esa cifra afectó al 7,7%. Esto quiere decir el 70% de los jóvenes de contexto socio cultural desfavorable no está adquiriendo ?las habilidades en el área que les permitirán seguir aprendiendo para incorporarse y participar de manera efectiva y productiva en la sociedad actual?. Nuestro sistema educativo no solamente es regresivo, es excluyente. Es fuente de una de las inequidades más injustas: la desigualdad de oportunidades.

Es por este motivo que a mi juicio el debate sobre la equidad está desenfocado. Con esta información, la cantidad y la calidad de la educación deberían ser nuestras preocupaciones centrales. Celebro la iniciativa del Presidente Mujica de poner el tema de la educación en la agenda de los uruguayos. Esperemos que el debate sobre la educación no se desenfoque como el de la equidad y que atienda en forma ejecutiva los verdaderos problemas de fondo. Lograr un sistema educativo mejor gestionado, más eficaz y eficiente y que promueva más igualdad de oportunidades deberían ser las prioridades del debate educativo y, en buena, medida del debate por la equidad. Trabajar para seguir mejorando la calidad, el foco y la eficiencia del gasto público social también es apremiante. Corregir la inequidad de oportunidades es más urgente, más justo y más efectivo que agitar la bandera de la distribución vía impuestos. También es más difícil, más costoso, más desafiante y exigirá más sacrificios.


Por Ec. Alfonso Capurro
Economista de CPA Ferrere