CPA FERRERE
Novedades

El enano más alto del mundo

El uruguayo tipo es un ser bastante curioso. La visión que tiene sobre sí mismo, y fundamentalmente sobre el país en que nació, oscila indefectiblemente, generación tras generación, entre dos extremos. A veces, prima el optimismo, el orgullo de ser y la esperanza en el futuro. Otras, el pesimismo, la vergüenza, y la sensación de estar condenado al fracaso, invaden y prevalecen. Pero lo más interesante es que no son dos estados de ánimo que se alternan en el tiempo. No son períodos de euforia seguidos por períodos de depresión. Más bien, son dos estados de ánimo que se presentan en forma simultánea, que conviven en permanente tensión dentro de cada uruguayo.

Quizá pocas frases populares resumen y sintetizan este conflicto emocional subyacente en forma tan gráfica, como la autoproclamada definición de Uruguay como un "gran paisito". Porque aún cuando el "gran" se encarga de mostrar todo nuestro orgullo nacionalista y nuestra autopercepción de ser valiosos, el término "paisito" que le sigue se atribuye inmediatamente la tarea de poner el matiz, de reconocer que también somos pequeños, vulnerables, y hasta débiles en el contexto internacional. No somos "un gran país", ni tampoco somos un "paisito de porquería"; somos un "gran paisito". En efecto, somos los enanos más altos del mundo.

El enano más alto del mundo es inherentemente un ser profundamente conflictuado. Por un lado se mira al espejo y se ve pequeño y débil, y no encuentra muchas razones para tener confianza en sus aptitudes, para ser exitoso en un mundo de gigantes. Pero a la misma vez, es también consciente de que hay enanos más bajos que él, más chicos, más débiles. Y eso le devuelve cierta dosis de orgullo, cierta confianza en sus aptitudes y posibilidades, y por qué no, cierta esperanza sobre el futuro.

En nuestra versión vernácula y celeste, el enano más alto del mundo tiene varias razones de peso para efectivamente sentirse enano, tanto históricas como actuales. Ha sido testigo de diversos fracasos nacionales, tanto económicos, como sociales y políticos. Ha sido muchas veces defraudado en sus expectativas, ha sufrido el engaño de promesas incumplidas, y se ha visto frustrado por la exasperante lentitud de un país que, habitado por otros enanos como él, parece no lograr aggiornarse y avanzar al ritmo deseado. El álter ego del enano está por tanto definido por una personalidad cínica, conformista, genéticamente frustrada, desganada respecto al futuro y entrenada para explicar por qué no se puede. Frases como "es lo que hay valor", o "así estamos", son manifestaciones propias del enano que habita dentro nuestro.

Pero la personalidad del enano no logra dominarnos por completo, porque en forma simultánea recibimos estímulos de naturaleza contraria, que complican las aspiraciones de dominancia de nuestro álter ego de enano. Nuevamente, estos estímulos tienen anclaje histórico, pero también vigencia presente. En la perspectiva histórica, el recuerdo colectivo de haber sido la Suiza de América aún permanece vigente, y actúa como un testigo (real o deformado por la retrospectiva, eso no importa) de que en efecto supimos ser un país de primer mundo. El relato romántico que generaciones enteras hemos absorbido sobre las gloriosas gestas olímpicas y el Maracanazo, y los cuentos nostálgicos sobre el Uruguay educado, menos inseguro y más próspero que el actual, nos ha grabado a fuego el axioma de que hubo un pasado mejor, dorado. Y el recuerdo de un gran pasado indefectiblemente alberga la esperanza de que un futuro mejor también es posible.

Pero también hay razones más actuales para sentir optimismo, cierto orgullo, y sentirnos más altos que muchos. Al final del día, el país ha avanzado en algunas áreas en las últimas décadas. Quizá en términos relativos con otros países de la región, Montevideo finalmente no es un mal lugar para vivir, mucho peor es la cosa en San Pablo o Buenos Aires. Seremos un país chico, "con 3 millones de habitantes", pero si metemos como el Ruso Pérez y Egidio, somos campeones de América, y estamos cerquita de ser campeones del mundo. Y quizá la razón preferida: ese indisimulable orgullo que sentimos muchas veces al compararnos con Argentina, cuyos problemas institucionales, políticos y económicos nos llevan a sentirnos altísimos noruegos por un instante.

Como es de esperar, el enano más alto del mundo es un ser que padece una ciclotimia emocional importante. Un viernes soleado puede amanecer confiado, alegre y finalmente contento con su condición de uruguayo, pero basta con una mala maniobra en el tránsito de camino al trabajo, o una experiencia surrealista con alguna oficina pública, para escucharlo hablar de Uruguay país bananero. Durante las épocas de crisis económica, es capaz de aguardar esperanzado la recuperación. En épocas de auge, repite hasta el cansancio su augurio de que "en cualquier momento esto se va al diablo". La morfología del enano más alto del mundo es compleja: debajo de una fina epidermis de optimismo, una gruesa capa de descreimiento y frustración. Debajo de ella, huesos compuestos de esperanza y miedo, en partes iguales.

Semejante milhojas de emociones, impide al uruguayo decidirse por completo sobre si debe conformarse con ser enano, o si debe apostar a crecer. Le impide resignarse y aceptar que Uruguay no tiene futuro alguno, pero también convencerse de que un futuro mejor es posible, de que el trabajo y el esfuerzo valen la pena, y de que la oportunidad de mejorar depende de sí mismo. Porque apenas nos planteamos la posibilidad (y el riesgo) de cambiar para crecer, el enano nos aconseja que es mejor dejar todo como está, que no vale la pena hacer olas, y que mucho mejor que arriesgarse a crecer es la estrategia de mantener la ventaja respecto a otros más enanos que nosotros. O mejor aun, la estrategia de intentar denostar y desalentar a quienes osen crecer. Porque al final del día, la altura es un problema relativo que se soluciona de dos formas: creciendo, o con más enanos. Naturalmente, la solución finalmente elegida, como tantas veces, dependerá únicamente de nuestras verdaderas virtudes y miserias.