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Es Bernanke, no Harry Potter

Especial para El Observador por Ec. Rafael Mantero

Las recientes novedades económicas provenientes de Estados Unidos no han sido precisamente alentadoras. En resumidas cuentas, la mayoría de los indicadores ?en particular los relativos al nivel de actividad, al mercado inmobiliario y al mercado laboral? sugieren que la recuperación de la economía norteamericana será más lenta de lo previsto. Aun más, no son pocos los que temen que una nueva recesión se encuentre a la vuelta de la esquina.

En efecto, el último dato de actividad ?correspondiente al segundo trimestre de 2010? reveló que si bien la economía continúa creciendo, el ritmo de crecimiento se encuentra en franca desaceleración. Así, mientras que la tasa de crecimiento del PBI en el último trimestre de 2009 se ubicó en 5%, en el primer trimestre de 2010 fue de 3,7%, y en el segundo tan solo 1,6%.1 Cuando además se toma en cuenta que buena parte del crecimiento observado en 2010 se debe a la recomposición de inventarios que han realizado las empresas ?proceso que por definición tiene una duración limitada en el tiempo? los datos de crecimiento resultan aun más sombríos de cara al futuro inmediato.

Esta fragilidad se explica desde luego en diversos factores. El primero de ellos: una tasa de desempleo que se ubica en 9,5%, que no tiene perspectivas de mejorar sustancialmente por varios trimestres y que limita las posibilidades de consumo de las familias. En segundo lugar, un mercado inmobiliario que permanece extremadamente débil, con niveles de venta que continúan en mínimos históricos y con precios de viviendas que parecen no haber tocado fondo aún, escenario que atenta contra la recuperación patrimonial y por ende la situación crediticia de millones de familias con deudas hipotecarias. En tercer lugar, la ?salida exportadora? que muchos creían que era una alternativa factible para sustituir una demanda interna que ya se sabía iba a permanecer débil, no ha tenido lugar hasta el momento, llevando a que el dinamismo exportador brille por su propia ausencia. Por último, y asociado a todo lo anterior, consumidores e inversores que siguen sin ?comprar? definitivamente la idea de que el futuro será mejor, recelo que naturalmente retroalimenta a modo de círculo vicioso los factores antes descritos.

En este contexto de creciente incertidumbre y pesimismo, se reunió hace unos días el comité de la Reserva Federal. Si bien era un hecho que la FED continuaría manteniendo la tasa de referencia en su nivel actual (cerca de 0%) por un ?prolongado período de tiempo?, el sombrío panorama antes descrito generaba expectativas respecto a la posibilidad de que la FED aplicara medidas monetarias ?extraordinarias? para reimpulsar el crecimiento económico, tal y como lo había hecho durante la fase más álgida de la crisis financiera. Vale recordar que, en términos sencillos, estas medidas extraordinarias implican inyectar mayor liquidez (dinero) a la economía mediante mecanismos ?heterodoxos? como la recompra de deuda pública. Sin embargo, y para decepción de muchos, la FED entendió que aún era muy pronto para retornar a políticas agresivas de expansión monetaria. En su lugar, anunció que recompraría títulos públicos únicamente a medida que vencieran títulos que ya posee, lo que no es una medida para expandir la liquidez, sino para mantenerla constante.

Esta decisión ha sido criticada por muchos analistas, que la han calificado como un ?paso de bebé?, esto es, un avance en la dirección correcta pero demasiado timorato para ser efectivo. Krugman (último Premio Nobel de Economía) ha ido aun más lejos, señalando que la Reserva Federal se encuentra ?paralizada?, y que ?no está haciendo nada para enfrentar las complicaciones?. ¿Debe entonces la FED seguir los consejos de Krugman y muchos otros y asumir una postura más agresiva? Seguramente sí, porque hoy las presiones inflacionarias son virtualmente inexistentes (la inflación anual se ubica en apenas 1%), lo que da margen para expandir aun más la cantidad de dinero. Pero aun más, porque comienzan a surgir temores de que la economía ingrese en terreno deflacionario, un terreno mucho más dañino y complejo que el que supone una inflación moderada. Por tanto, no debería llamarnos la atención que en los próximos meses la FED retome el camino de expansiones monetarias agresivas; con una economía que se desacelera y el fantasma de la deflación rondando, ello no parece una mala idea.

Pero aun cuando es evidente que una política más agresiva de la FED alejaría el peligro de la deflación y colaboraría ?al menos en algo? a dinamizar la economía, no parece razonable esperar que ello por sí solo produzca mejoras notorias en el panorama actual. Suponer que la receta de la recuperación estadounidense depende exclusivamente de las decisiones de la FED, implicaría suponer que todos los problemas de la economía de EEUU pueden resolverse con dinero más barato o, lo que es lo mismo, que la política monetaria todo lo puede. ¿Acaso es lógico pensar que el desempleo, los problemas del mercado inmobiliario y la falta de confianza puedan solucionarse simplemente disminuyendo aún más las tasas de interés de largo plazo, cuando ya hoy un bono americano a 10 años paga apenas un 2,6% anual? Si ya hoy estos magros rendimientos llevan a los inversores a buscar rendimientos más ?decentes? en países emergentes, ¿aumentar la cantidad de dinero tenderá a dinamizar la economía estadounidense, o simplemente a recalentar aun más a las economías emergentes?

Probablemente, quienes critican a la FED su falta de decisión para actuar en forma rápida y agresiva tengan su cuota parte de razón, pues cuando la deflación amenaza, el costo de la inacción puede ser muy elevado. Pero cuidado, asignarle por ello a la FED la entera responsabilidad de la recuperación económica es confundir política monetaria con magia.

Fuente: El Observador