CPA FERRERE
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Europa cruje, el euro se astilla

Asisto atónito e indignado a los acontecimientos europeos. Atónico por ver cómo el proyecto de la Unión (no del euro solamente) que los europeos de la posguerra soñaron y construyeron corre riesgos cada vez más elevados de evaporarse. Con indignación, porque tengo convicciones ideológicas, lazos culturales y afectos intensos con los valores que el proyecto europeo representa.

Diagnósticos equivocados, líderes desorientados

Es cierto que el mandato europeísta que los actuales líderes tienen de sus votantes es ambiguo, laxo y menos comprometido que el que recibían sus predecesores hace apenas diez años, pero no es menos cierto que los actuales líderes europeos son los de peor calidad en décadas. Bajo compromiso europeo de los votantes y líderes desorientados, pusilánimes, cuando no frívolos, es una combinación capaz de erosionar incluso a la institucionalidad europea.

Por cómo fue concebido el proyecto europeo, el acuerdo entre Alemania y Francia es vital. Por tamaño, nivel de riqueza e influencia intelectual en los organismos comunitarios, el liderazgo alemán es la única llave en situaciones de emergencia. Y la que atravesamos es una de ellas.

Angela Merkel, cuya formación y convicciones políticas fueron fraguadas en uno de los lugares menos ?europeos? de la Europa de posguerra (la RDA), es la responsable de la irresolución de la crisis por dos razones diferentes. La primera es que no parece terminar de aceptar que Europa fue, es y será (si sigue existiendo) un proyecto esencialmente político en el que los acuerdos económicos son instrumentales a un solo objetivo: la cooperación entre naciones para evitar la confrontación. Ello supone reconocer que es necesario equiparar el interés europeo al interés nacional, así como recurrir a la solidaridad entre los miembros, especialmente en momentos difíciles, aunque ello suponga afectar temporalmente intereses de los votantes de algunos territorios. La prolongada dilación de soluciones económicas (que eran factibles hace un año), para Portugal, Irlanda y especialmente Grecia, pretendiendo hacer participar en ellas al sector privado, evitando un rescate que transmitiera de manera inequívoca que las grandes naciones respaldarían a las pequeñas endeudadas en su ?lucha? contra los mercados y, sobre todo, pretendiendo transmitir la idea de que quienes habían cometido ?excesos? serían disciplinados con exigencias de prudencia y ajustes, será recordada como uno de los errores más graves de la historia de la Europa de posguerra. La disciplina y el rigor fiscal nunca fueron (porque nunca lo son en situaciones de este tipo) suficientes para los mercados que ?necesitan? trayectorias fiscales sostenibles, no naciones escarmentadas. Subestimar la magnitud del problema, ignorar lo que los mercados requieren y pretender aplicar una moral privada a asuntos de naturaleza esencialmente pública, alentó el clima perfecto para que la desconfianza se trasladara primero a la frágil Italia y a la vulnerable España, y luego a toda la Zona Euro.

El segundo error de Angela Merkel es creer (tozudamente) que la austeridad fiscal y la ortodoxia monetaria traerán confianza a los mercados. Como ha señalado Paul Krugman recientemente, no existe evidencia empírica alguna que permita sostener de manera irrefutable esta hipótesis. Más bien, la gran depresión, el estancamiento japonés y los acontecimientos recientes en Estados Unidos enseñan que la expansión fiscal y la heterodoxia monetaria son el único remedio posible (aunque de eficacia incierta) que las autoridades europeas disponen para enfrentar una situación como la actual.

Más expansión monetaria y más inflación

A diferencia de lo visto hasta ahora, Europa necesita más liderazgo y menos especulación política, un prestamista en última instancia y, por sobre todas las cosas, más inflación. Lo primero debería dar lugar a un camino factible, creíble y sostenible, más allá del humor de los contribuyentes de los países grandes, en particular los alemanes.

Lo segundo, un Banco Central Europeo (BCE) jugando el papel de verdadero prestamista en última instancia mostraría que existe un cortafuegos para reducir el riesgo de nuevos contagios. A esta altura de los acontecimientos es conveniente que no todos los deudores deban ser tratados igual por el BCE, lo que daría lugar a un default selectivo entre los miembros de la zona euro. Ello habilitaría a los países no respaldados por el BCE a abandonar la moneda única y depreciar sus ?nuevas? monedas frente al euro, apuntalando el crecimiento vía sus sectores externos, algo vital para recuperar una trayectoria fiscal sostenible. Simultáneamente, la solución daría ?víctimas? (como Lehman Brothers) atacando, aunque sea parcialmente, el problema de riesgo moral implícito. Por supuesto, un episodio como el sugerido tendría implicancias significativas en términos de costos de transacción, solvencias bancarias y transferencias de riqueza entre agentes y naciones. Sin embargo, el liderazgo europeo ya debería haber asumido que sus decisiones ya no son entre ?bienes? y ?males?, sino solamente entre ?males? y ?males peores?, de modo que es necesario elegir soluciones con los menos impactos sociales posibles.

Finalmente, Europa necesita inflación para contribuir a que los ajustes de los ingresos y las transferencias entre agentes, necesarias para estabilizar la economía, sean menos perceptibles en lapsos cortos. Ello debería dar espacio a los gobiernos para tomar medidas destinadas a compensar a los grupos sociales más afectados y vulnerables, minimizando la convulsión política derivada del proceso de ajuste. Lamentablemente, existen indicios de que hay una crisis de confianza interbancaria en Europa, como ocurrió en 2008 en Estados Unidos, algo que podría afectar al efectividad de expansiones monetarias más agresivas. Si ello fuera cierto, evitar una recesión deflacionaria prolongada en Europa será difícil. Una vez más las autoridades podrían estar llegando tarde.

Las malas noticias son las ?noticias?

La noticia excluyente que emergió de la cumbre europea de los días 9 y 10 de diciembre fue la no adhesión de Gran Bretaña a las condiciones del nuevo pacto de estabilidad acordado, en principio, entre los otros 26 miembros de la Unión Europea. A pesar de lo que se ha señalado, la gravedad de la noticias no es la autoexclusión británica sino el contenido y el soporte político del acuerdo logrado. En efecto, aún sin considerar si lo acordado fortalece efectivamente a la Unión Europea y a la Zona Euro a mediano plazo, o si es factible para los miembros en dificultades honrar los compromisos más exigentes asumidos, lo que en realidad importa es que lo resuelto es inútil para atacar los problemas actuales de Europa. Es que las resoluciones de los líderes europeos pueden asimilarse a la tripulación de un avión con motores en llamas que se concentra en diseñar un manual de procedimientos para evitar que en el futuro otros vuelos enfrenten un problema similar. Probablemente algo útil, pero inoportuno.

Como si la dudosa efectividad de las decisiones adoptadas no fuera suficiente, la fragilidad de su soporte político añade más incertidumbre. Es que el aspirante a suceder a Nicolas Sarkozy, el socialista Françoise Hollande, afirmó el lunes 11 que renegociará los acuerdos alcanzados en la reciente cumbre europea si resulta electo presidente en junio próximo.

Los acontecimientos negativos en Europa están lejos de haber sido superados. Debido a ello, el descontento social, la inestabilidad política y la volatilidad de los mercados persistirán en los próximos meses. Europa sigue lejos de salir del túnel. Por eso cruje y el euro se astilla.

Escribe:
Ec. Gabriel Oddone
Socio de CPA Ferrere e investigador del Centro de Investigaciones Económicas (CINVE).
Columna publicada en semanario Búsqueda en edición del día jueves 22 de diciembre de 2011.