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Hacia un egoísmo altruista (ii)

En la columna del 2 de agosto ( Hacia un egoismo altruista (i)), describí la naturaleza de un juego conocido como ?dilema de prisionero?. Como mencioné, dicho juego arroja dos conclusiones importantes. Primero, desde una perspectiva individual y ante la ausencia de un ?controlador externo? que vele por un posible acuerdo entre jugadores, la estrategia racional de cada jugador es ?no cooperar?. El dilema viene dado por el hecho de que la estrategia de ?no cooperar? no es la que maximiza el bienestar de los jugadores. Sin embargo, este resultado se obtiene sólo si el juego se realiza un número finito (y conocido) de veces. Por tanto la segunda conclusión: cuando el juego se repite un número indefinido de veces, la posibilidad de reciprocidad y colaboración emerge, tal que aún agentes egoístas que buscan su propio bienestar, tienen incentivos para cooperar y maximizar su bienestar.

Es frecuente encontrar dilemas de prisionero en la vida real. Dos empresas que compiten vía precios pueden decidir estrategias cooperativas (fijar simultáneamente precios relativamente altos) o no cooperar (competir bajando sucesivamente los precios). Nótese que en este caso la no cooperación es beneficiosa para el consumidor. Pero la mayoría de las veces, ?no cooperar? reduce el bienestar de la sociedad en su conjunto. Así por ejemplo las situaciones de ?free rider? son una suerte de dilema de prisionero de muchos jugadores. Dicho coloquialmente, el free rider es nuestro ?vivo criollo?, aquel que se saltea una cola, aquel que en un embotellamiento de tránsito avanza por la banquina, aquel que disfruta de la limpieza de una plaza, pero se hace el distraído cuando su perro la ensucia. En estos casos el free rider no coopera, pero logra extraer beneficios de la actitud cooperativa de los demás .

Todos quienes hemos tenido la oportunidad de viajar, hemos sido testigos de que algunas sociedades tienden a ser más cooperativas que la nuestra. Continuando los ejemplos, hemos visto gente hacer fila rigurosamente, tránsito ordenado y plazas inmaculadas. No en vano, hemos acuñado el término ?viveza criolla?, que refleja con claridad meridana el atributo geográfico de nuestra actitud no cooperativa. La pregunta por tanto es: ¿Por qué algunas sociedades tienden a ser más cooperativas que otras?

Las respuestas son desde luego múltiples. La diversidad de culturas, normas sociales y hasta religiones sin dudas forman parte de la explicación. Pero la presente columna intenta postular otra respuesta posible. Para ello volvamos al punto central manejado hasta el momento: cuando un dilema de prisionero se juega un número finito y conocido de veces la estrategia óptima es no cooperar; cuando el juego se vuelve ?infinito?, cooperar es un equilibrio. ¿De qué depende entonces la repetición de un juego? En parte, de su naturaleza intrínseca. Existen situaciones (juegos) que por definición tienden a presentarse una única vez, y por tanto, a ser finitas.

Pero por otra parte, también parece cierto que la repetición de un juego depende de la percepción subjetiva de los jugadores, de su horizonte temporal. Así, dos partidos políticos rivales pueden ver una situación de conflicto político como una de tantas batallas en un conflicto continuo, o bien como ?la madre de todas las batallas?. En el primer caso, cuando los jugadores perciben que ?el partido es a mil?, cooperar emerge como una opción. En el segundo de los casos, cuando se percibe que el conflicto es decisivo y el juego se percibe como finito, no cooperar será la opción elegida. ¿Acaso no se observa que la cooperación política entre partidos disminuye antes de una elección, y aumenta luego de la misma?

Si el grado de cooperación depende en buena medida del horizonte temporal subjetivo que manejan los propios jugadores, es razonable pensar que, dado todo lo demás igual, en aquellas sociedades conformadas por individuos con altas tasas de descuento (una fuerte preferencia por el hoy) la cooperación sea menos frecuente en relación a sociedades con mayor preferencia por el largo plazo. Si esta premisa es cierta, cabe entonces preguntarse ¿de qué depende que una sociedad sea más o menos miope?

Las respuestas son, nuevamente, múltiples; aquí ensayaré sólo algunas posibles. Primero, las preferencias temporales de los individuos se encuentran razonablemente influenciadas por la estabilidad y previsibilidad de las reglas de juego de un país. Si los individuos perciben que las reglas son inestables, la previsibilidad disminuye, y el presente adquiere mayor preponderancia. Más aún, si las reglas cambian y los individuos tienen mecanismos de presión conocidos para torcerlas a su favor, la estrategia óptima no es cooperar bajo reglas establecidas, sino crear nuevas reglas que me favorezcan y perjudiquen a mi adversario. En segundo lugar, es sabido que cuando las condiciones macroeconómicas y financieras son muy volátiles e inestables, los horizontes temporales para la toma de decisiones se acortan. En el extremo, cuando la situación es de incertidumbre total, quizás saquear tiendas e incendiar coches emerja como estrategia.

Por lo anterior, es razonable pensar que un país que promueve reglas claras y una institucionalidad previsible, y que prefiere minimizar la incertidumbre económica y financiera de largo plazo en lugar de priorizar el oportunismo de corto plazo, promoverá que los individuos piensen en el largo plazo. Individuos que, aún motivados por el egoísmo, eligen cooperar para maximizar su beneficio.

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Existe un pájaro que habita en el Nilo, que se alimenta comiendo parásitos dentro de la boca de los cocodrilos. Los cocodrilos no los lastiman, no porque sean altruistas macanudos, sino porque de alguna forma ?saben? que eso sería pan (ave) para hoy, hambre para mañana. La cooperación favorece a ambos. ¿Pero qué sucedería si un día el cocodrilo amaneciera pensando que mañana el mundo se acaba? Seguramente, nada bueno para el pájaro, y en última instancia, nada bueno para el cocodrilo; sólo ganan los parásitos.

1 Teóricamente, en un dilema de prisionero con ?n? jugadores iterado, no cooperar es la estrategia dominante.

Escribe: Ec. Rafael Mantero
Analista de CPA Ferrere.

Nota publicada en el diario El Observador en edición del día Martes 16 de agosto de 2011