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Huyendo hacia adelante

Especial para El Observador por Ec. Rafael Mantero

Cierta vez, Will Rogers, un humorista estadounidense nacido a fines del siglo XIX, dijo: ?No se puede decir que la civilización no avance: en cada guerra, te matan de una manera distinta?. En efecto, si usted es un seguidor asiduo de las noticias internacionales, quizás haya observado en las últimas semanas que una nueva guerra ha surgido en el mundo, y que a diferencia de las guerras tradicionales, en ella no hay ametralladores, ni misiles, ni bombas. En esta guerra, los soldados visten traje y corbata, los cuarteles reciben el nombre de Banco Central, y el arsenal de elección es el tipo de cambio. ¿Ha oído hablar de la ?guerra cambiaria??

Aún cuando a priori parezca un conflicto difícil de comprender, la guerra cambiaria de la cual muchos países del mundo hoy participan esconde un conflicto de naturaleza sencilla, en esencia equivalente al de dos náufragos que para no ahogarse, luchan entre sí por utilizar al otro como mecanismo de flotación. En este caso la lucha es entre países que buscan mediante medidas monetarias y cambiarias diversas, depreciar sus monedas en relación a sus socios comerciales de forma de abaratar relativamente las exportaciones propias y encarecer las ajenas. En el contexto internacional actual, una disputa para determinar cómo redistribuir los costos de la recuperación global.

En buena medida esta disputa redistributiva global tiene como principales actores a China y EE.UU. Es que si bien la fragilidad de la economía norteamericana y las políticas fiscales y monetarias expansivas implementadas en consecuencia han derivado en un proceso de debilitamiento del dólar en relación a la mayoría de las monedas emergentes, el hecho de que China mantenga desde hace varios años una suerte de tipo de cambio fijo con el dólar, implica dos cosas. Lo primero y más obvio, que el dólar no se ha debilitado frente a la moneda China (el renminbi), lo que ha impedido a EE.UU ganar competitividad frente a China y otros países asiáticos del área de influencia del renminbi. Dado que la moneda china se encuentra hace muchos años artificialmente devaluada frente al dólar -un 40% de acuerdo a algunos analistas-, lo anterior constituye un importante escollo para una economía norteamericana que necesita sustituir una deprimida demanda interna, por una dinámica demanda asiática. En segundo lugar, que el dólar se debilite frente a monedas emergentes, y que la paridad Renminbi/USD se mantenga prácticamente fija, implica que el renminbi también se abarata vis a vis monedas emergentes, y por tanto que China puede ?aprovecharse? de las mejoras de competitividad que provienen de la debilidad internacional del dólar.

Lo anterior explica por qué -incluso desde antes de la crisis de 2008- EE.UU. ha reiteradamente ?solicitado? a las autoridades chinas que éstas permitan la revaluación del renminbi. Estas presiones han sido en buena medida respaldadas por organismos internacionales como el FMI, argumentando que es necesaria una revaluación del renminbi para solucionar los desequilibrios comerciales globales actualmente existentes en el mundo (por un lado países como EE.UU. y Reino Unido con importantes déficit, y países como China y Alemania con significativos superávit).

Pero en las últimas semanas, la estrategia de confiar en que las presiones de los países desarrollados a China para revalorizar su moneda surtirían efecto, y/o confiar en que las fuerzas del mercado corregirían por sí solas los desbalances, ha perdido adeptos de forma significativa. El más notable de ellos Japón, quien el 15 de setiembre anunció que comenzaría a actuar agresivamente en el mercado de cambios para evitar apreciaciones adicionales de su moneda. En el mismo sentido, hace pocos días Brasil anunció un incremento del impuesto que grava la entrada de capitales extranjeros, y la utilización de las reservas en poder de un Fondo Soberano para detener la valorización del real. Otros países como Colombia, Perú, Corea del Sur y Taiwán ya han tomado caminos similares. Incluso los anuncios que en el mes de junio hiciera el Ministerio de Economía y Finanzas en Uruguay para intentar detener la apreciación del peso, se encuentran en la misma línea. En esencia, todas acciones de gobiernos que ya no están dispuestos a continuar cruzados de brazos observando cómo sus monedas se desvalorizan, y su competitividad se deteriora.

Naturalmente, no todos los países que participan de este conflicto cambiario tienen las mismas motivaciones. En el caso de los países desarrollados como EE.UU. y Japón -países cuyas políticas fiscales y monetarias se ya encuentran cerca del límite expansivo posible- la devaluación competitiva se impone como una de las pocas alternativas de política que quedan disponibles para reactivar la demanda (en este caso, la demanda externa). En el caso de países emergentes como Brasil o Uruguay, la razón para evitar la apreciación de sus monedas no radica desde luego en un deseo de potenciar la demanda, sino más bien, en prevenir que aquellos sectores exportadores menos dinámicos se perjudiquen innecesariamente por apreciaciones excesivas (posiblemente espurias) de sus monedas.

En cualquier caso, aún cuando la decisión de los países de participar en esta guerra cambiaria -interviniendo para postergar o enlentecer la apreciación de la moneda- sea una respuesta válida a nivel de país para defender la competitividad de forma transitoria, desde una óptica global ésta no es más que una forma descoordinada e ineficiente de los países de huir hacia adelante. La devaluación competitiva es necesariamente un juego de suma cero a nivel global, en el cual unos ganan y otros pierden. Por ello, aunque pretender dirimir desbalances globales con acciones que velan por el interés individual puede resultar tentador e incluso racional desde la óptica individual, en ausencia de compromisos globales, es dudoso que esta guerra tenga claros vencedores.