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Lecciones de la lluvia

Especial para El Observador por Ec. Rafael Mantero

Si bien de acuerdo a las cifras oficiales divulgadas en su momento, el triste atentado terrorista del 11 de setiembre de 2001 en EE.UU. dejó un saldo de 2977 víctimas fatales, es posible sostener que el total de muertes relacionadas con el atentado terrorista fue en realidad mayor. En efecto, durante los tres meses posteriores a los atentados de 09/11, diversos viajeros norteamericanos ?repentinamente temerosos de viajar en avión- decidieron que viajar en auto era la opción más segura. Como resultado, se estima que debido al incremento en el tráfico de automóviles observado durante ese período existieron 1,000 fatalidades de tránsito ?adicionales? a lo normal¹.

En efecto, aún cuando es posible argumentar que no todos conocen estadísticas puntuales respecto a los riesgos de viajar en avión y automóvil, sí es bastante sabido el hecho de que el avión es uno de los medios de transporte más seguro que existe. Y sin embargo, a veces somos capaces de ignorar todo tipo de estadísticas, y elegimos guiarnos por nuestros instintos más básicos y viscerales. Naturalmente, esta preferencia por lo intuitivo no siempre tiene repercusiones dramáticas, pero sí muchas veces nos lleva a tomar decisiones inadecuadas, y paradójicamente, a enfrentar aún más riesgo cuando el objetivo era evitarlo.

Las dificultades que los seres humanos experimentan a la hora de tomar decisiones en contextos de riesgo e incertidumbre, son tan viejas como el propio ser humano. En parte, esto se debe a que de acuerdo con estudios realizados por diversos científicos y neurólogos, los seres humanos tenemos dos sistemas cognitivos de pensamiento independientes, pero que actúan de forma más o menos simultánea. Por un lado, un ?sistema reflexivo?, guiado por la racionalidad y la lógica, que requiere esfuerzo (pensar), y que es por tanto lento y consciente. Por el otro lado, un ?sistema automático?, basado principalmente en emociones, que es rápido, inconsciente y asociativo. Así, utilizamos el primero para calcular el resultado de 43x16, y utilizamos el segundo para por ejemplo esquivar una pelota que va directo hacia nuestra cara, o dar un paso hacia atrás cuando vemos una araña de apariencia peligrosa.

Aunque no seamos conscientes de ello, frecuentemente a la hora de tomar decisiones o ponderar situaciones de riesgo, ambos sistemas cognitivos ?chocan?, proveyéndonos de evaluaciones contrapuestas. Así por ejemplo, cuando el avión se sacude mientras atraviesa una zona de turbulencia, muchos solemos escuchar dos voces en nuestra cabeza: una, instintiva y automática, que en tono de alarma nos alerta del riesgo inminente de la situación; otra, más calmada, razonada y esforzada, que nos intenta recordar que es altamente improbable que algo malo suceda.

Desde luego, a todos nos gusta creer que a la hora de tomar decisiones importantes o económicamente significativas, somos individuos cien por ciento racionales y objetivos. Nos gusta creer que efectivamente sopesamos en forma calculada la conveniencia de invertir en una casa nueva, que analizamos rigurosamente virtudes y defectos de las distintas opciones de TVs que evaluamos comprar, o que compramos la acción de una empresa porque tenemos razones objetivas que fundamentan la decisión. Pero diversos estudios muestran que muchas veces, es nuestro sistema automático basado en emociones viscerales quien tiene la última palabra.

Pero nuestras dificultades para tomar decisiones en contexto de riesgo no sólo derivan de que nuestras emociones se autoimpongan y nos jueguen una mala pasada: innegablemente, el riesgo es muchas veces difícil de cuantificar o percibir, aún cuando lo enfrentemos en forma cotidiana. Tomemos por ejemplo el riesgo de manejar un auto un día de lluvia. El hecho de que se registren más accidentes de tráfico los días de lluvia que los días soleados, debe indefectiblemente explicarse por una de las siguientes razones: o bien las personas cambian sus preferencias los días de lluvia y se vuelven menos aversas al riesgo, o bien sistemáticamente fallamos en deducir cuánto más cautelosos debemos ser en nuestro manejo cuando el clima no es bueno. Es decir, o bien la lluvia por alguna razón nos vuelve temerarios, o simplemente no somos capaces de ?calcular? cuánto más despacio debemos manejar para que el riesgo de manejar un día de lluvia sea similar al que nos exponemos un día de sol.

Si evaluar riesgos cotidianos resulta complejo -aún cuando lo hayamos vivido cientos de veces- no debería extrañarnos que al enfrentar riesgos menos familiares, la dificultad sea aún mayor. Pensemos por ejemplo la situación en la cual evaluamos dónde invertir nuestros ahorros. Así como al manejar desarrollamos el hábito de hacerlo a cierta velocidad ?quizás en base a nuestras preferencias, nuestra experiencia o nuestra percepción de cómo manejan los demás- seguramente cada uno de nosotros tenga una idea más o menos clara respecto a qué rendimiento deseamos obtener al invertir dinero. ¿Pero somos conscientes del riesgo que estamos asumiendo por alcanzar ese rendimiento que nos deja conformes? Más aún, ¿somos capaces de percibir cuándo el clima financiero se ha vuelto lluvioso y el pavimento se ha vuelto más resbaladizo?

Lo cierto es que, como cuenta magníficamente P. Bernstein en su libro, la relación entre los seres humanos y el riesgo es aún muy reciente². Hasta prácticamente el Renacimiento, conceptos como ?azar? y ?probabilidad? sencillamente no existían, y el futuro y el destino dependían exclusivamente del capricho Divino. Hoy, aunque mucho hemos avanzado en comprender el riesgo y su naturaleza, de tanto en tanto los días de lluvia nos recuerdan que aún tenemos mucho por aprender.

¹Tomado de ?The drunkward?s walk: how randomness rules our lives? de L. Moldinow.
²?Against the Gods: the remarkable story of risk?.