CPA FERRERE
Novedades

Tecnología, riqueza y bienestar

Por Rafael Mantero

La ciencia económica ha intentado desde hace varios siglos entender las razones que impulsan el crecimiento económico de los países, y con ello comprender por qué algunos países han sido capaces de alcanzar elevados niveles de desarrollo, mientras otros han permanecido sumidos en la pobreza.

Desde luego, esta búsqueda no sólo ha estado motivada por el desafío intelectual que supone, sino por la enorme importancia que dicho conocimiento tendría para aplicación práctica de políticas económicas. ¿Acaso la clave del crecimiento está en la inversión? ¿La tasa de ahorro afecta a la tasa de crecimiento? Si es así, ¿puede un gobierno estimular de forma permanente el crecimiento mediante una rebaja de impuestos? ¿Deben los países abrirse al comercio internacional, o deben proteger la producción doméstica? Aún más elemental; ¿deben los estados intervenir en la economía, o lo mejor es que los mercados determinen la asignación de recursos?

Las respuestas a estas preguntas, y consecuentemente las acciones de política que han impulsado los países, han variado sustancialmente a lo largo de la historia. Entre el siglo XV y el siglo XVII, la escuela de pensamiento imperante -el Mercantilismo- creía que la riqueza de una nación dependía de de la cantidad de oro y plata que poseía, y que la mejor forma de acumular esta riqueza era a partir de un saldo comercial positivo. Hacia fines del siglo XVIII, los Fisiócratas sostuvieron que la creación del valor ?y por tanto la riqueza de una nación- derivaba exclusivamente de la tierra y su explotación. Sólo el trabajo de la tierra era capaz de crear valor.

Desde entonces, el pensamiento económico en general y la literatura sobre el crecimiento económico en particular, han recorrido un largo -aunque sinuoso- camino. Hoy sabemos que la riqueza de un país no depende de su stock de metales preciosos, o exclusivamente de la labranza de la tierra, sino que depende de la agregación de valor mediante la producción de bienes y servicios, y ésta a su vez depende de acumulación de factores de producción (como el capital y el trabajo), de la calidad de los mismos (que en el caso del trabajo se relaciona con la educación), y de la eficiencia, tecnología o productividad con la que éstos factores son combinados en la producción.

Comprender por qué el trabajo, la educación de los propios trabajadores y la inversión en bienes de capital crean riqueza en una economía, seguramente sea bastante sencillo para el lector. Pero entender cómo los avances tecnológicos son fuente directa de riqueza para un país o incluso una persona puede ser algo menos intuitivo, por lo que cabe presentarle al lector aquí un excelente ejemplo de ello .

En 1974, el economista W. Nordhaus tuvo la idea de estudiar el avance tecnológico y sus efectos en el crecimiento y bienestar de la población, a través de un creativo estudio. Se propuso estudiar el costo de producir un bien de consumo cuya naturaleza no hubiera cambiado a lo largo de la historia del ser humano: el costo de iluminar una habitación por la noche. Para medir esto, Nordhaus estudió la forma o tecnología de iluminación a lo largo de la historia del hombre y calculó el coste, medido en cantidad de horas de trabajo que eran necesarias para producirla.

De acuerdo con sus estudios, hace medio millón de años un hombre debía de trabajar 16 horas por semana para recoger leña e iluminar su cueva. Miles de años después, un hombre del babilonio debía emplear 10 horas para obtener una cantidad equivalente de aceite de lámpara. A comienzos del siglo XIX, una persona debía trabajar una hora para obtener velas con un poder de iluminación equivalente. Con la llegada de las bombitas de tungsteno, el tiempo de trabajo se aproximó a cero. La explicación: el avance tecnológico. Mientras que una bombita encendida 3 horas por noche produce 1,5 lúmenes/hora al año, para obtener una cantidad de luz similar en el siglo XIX se necesitaban 17.000 velas, y para conseguirlas un trabajador medio debía trabajar medio año. Así, mientras que en el siglo XIX la luz era un bien de lujo, hoy es una comodidad al alcance de casi cualquier persona. Un fabuloso aumento de la riqueza y bienestar, por cierto.

A pesar de que hoy sabemos que la inversión, la educación, y claro está el avance tecnológico son las fuentes generadoras de riqueza, entre los economistas aún es materia de debate el por qué algunos países invierten poco, por qué algunos países mantienen bajos niveles educativos, o por qué algunos países no son capaces de desarrollar y/o aprovechar las mejores tecnologías disponibles. Es decir, no hay explicaciones unánimes sobre por qué algunos países son ricos, mientras otros son pobres.

Sin embargo, cada vez más, los economistas tienden a aceptar que las verdaderas razones tras los milagros o fracasos de crecimiento, no se hallan en variables aisladas como por ejemplo la tasa de ahorro o determinados niveles de tipo de cambio, ni en la carga impositiva o el peso del estado en una economía, sino en factores mucho más profundos como la estabilidad de las reglas de juego y la existencia de incentivos apropiados para la inversión en capital físico, en educación, y la adopción de mejores tecnologías. Respecto a las primeras ?reglas estables e incentivos apropiados- Uruguay ha logrado avances importantes, probablemente a partir de la estabilidad macroeconómica iniciada a mediados de los noventa, y consolidada luego de la crisis del 2002 hasta la fecha. Respecto la generación e incorporación de tecnología, probablemente queda mucho más por hacer. En el caso un país pequeño como Uruguay, sin escala suficiente para albergar industrias altamente especializadas capaces de absorber costosos procesos de investigación y desarrollo, lograr una mayor apertura comercial y estimular procesos de innovación, será un desafío necesario para alcanzar nuevos umbrales de riqueza y bienestar.