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Un cisne negro (y radioactivo)

De acuerdo con estimaciones realizadas por la revista británica The Economist, el terremoto y tsunami recientemente ocurrido en Japón, sería la catástrofe natural económicamente más costosa que el mundo ha sufrido desde 1965. Totalizando pérdidas estimadas en USD 240 billones (aproximadamente 4% del PIB de Japón, o si Ud. prefiere, seis veces el PIB actual de Uruguay), dicho desastre natural sería USD 80 billones más costoso que el devastador huracán Katrina que azotó las costas de Nueva Orleans en 2005, ubicado tercero en el ranking de costos asociados a desastres naturales.

En efecto, muchos de nosotros tendemos a pensar que los terremotos son eventos más o menos esporádicos, pero que cuando ocurren, tienden generar cuantiosos daños económicos. Esto es en realidad, falso. De acuerdo con United States Geological Survey (USGS), en el mundo se producen varios millones de terremotos al año, muchos de los cuales son tan pequeños y/o ocurren en lugares remotos, que resultan imperceptibles. La USGS sí cuenta con registros de al menos unos 20.000 terremotos por año desde 1900. Esto es, un promedio de 50 terremotos por día, todos los años.

Naturalmente, lo que varía enormemente entre terremoto y terremoto es su magnitud. Mientras que la USGS estima que en el mundo hay cerca de 1.300.000 terremotos al año cuya escala Richter se encuentra entre 2,0 y 2,9, solamente hay 15 al año con una escala entre 7,0 y 7,9, y uno con magnitud superior a 8,0. El sismo que impactó sobre la costa noreste de Japón no sólo se caracteriza por ser uno de los desastres naturales más caros de la historia, sino por ser un fenómeno de magnitud muy pocas veces observada, alcanzando un valor de 9,0 en la escala Richter. De hecho, se estima que el reciente es uno de los cinco sismos más potentes ocurridos en el mundo desde 1900, y el más fuerte en la historia de Japón (en segundo lugar quedó el ocurrido en el año 1896 en Sanriku, de magnitud de 8,5).

Buena parte de los costos económicos asociados al terremoto y tsunami japonés, se encuentran asociados a los problemas técnicos que hoy enfrenta la planta nuclear ubicada en el distrito de Fukushima, a pocos kilómetros del epicentro del terremoto. Construida para soportar movimientos sísmicos de hasta 8,0 de la escala de Richter, la planta nuclear en sí misma resistió sorprendentemente bien los efectos de un sismo de escala 9,0. Pero las olas del tsunami afectaron las líneas de energía y el combustible de los sistemas de respaldo de enfriamiento, conduciendo al recalentamiento de varios reactores. Dos preguntas surgen: ¿podría haberse construido un sistema de seguridad que soportara sin daños un terremoto/tsunami como el reciente? Si era posible, ¿por qué no se hizo?

La respuesta a ambas preguntas la dio hace unos días David Lochbaum, director Programa de Seguridad Nuclear de la organización internacional UCS, quien dijo: ?Desde luego que es posible diseñar un reactor nuclear para que sea a prueba de balas; el problema es que nadie estaría dispuesto a pagar por él?. Es que en efecto, y dado que los sistemas de seguridad de cualquier sistema operativo (no sólo las plantas nucleares) conllevan costos, en la práctica los sistemas de seguridad implementados no buscan eliminar por completo toda probabilidad de desastre, sino que se fijan en función de un nivel de riesgo considerado ?tolerable?, y desde luego, económicamente viable. Las sociedades no pueden protegerse de absolutamente todo lo que pueda salir mal, sino únicamente de aquellos episodios cuya prevención es posible costear.

La imposibilidad (técnica o económica) de prevenirse contra eventos de muy baja probabilidad de ocurrencia es, en buena medida, inherente a todo emprendimiento humano. Incluso cuando estos eventos de muy baja probabilidad de ocurrencia conllevan un alto impacto económico. Esto nos lleva a Nicholas Taleb, quien en su célebre libro ?El Cisne Negro?, sostiene que son precisamente éste tipo de eventos completamente impredecibles, fuera de las ?expectativas normales? de las personas y de alto impacto (económico, social o político), los que se encuentran detrás de todos los acontecimientos importantes en la historia de la humanidad. El nacimiento de internet, la primera guerra mundial, o el atentado del 9/11 son según Taleb ?cisnes negros?, es decir, eventos impredecibles ex ante, de impacto extremo, que luego de ocurridos son individual y colectivamente racionalizados como ?predecibles?.

Si la teoría de los cisnes negros es correcta, las implicancias son varias. En primer lugar, los seres humanos seríamos capaces de predecir con cierta razonabilidad la ocurrencia de eventos bajo ?circunstancias normales?, pero incapaces de anticipar eventos atípicos de muy baja probabilidad de ocurrencia. Es decir, nuestras expectativas (o nuestros modelos estadístico-matemáticos) serían una guía razonable cuando nada importante ocurre, pero inútiles para predecir lo atípico, lo transformador, lo significativo. En segundo lugar, aún cuando fallemos una y otra vez en anticipar lo impredecible, posteriormente lograríamos encontrar una explicación razonable, articulada y coherente, pasando rápidamente de la sorpresa y la incredulidad, a la sensación de que en efecto todo era predecible, casi obvio. ¿Cómo no anticiparon el ataque a las torres gemelas? ¿Cómo es posible que Pearl Harbor haya sido una sorpresa, cuando había tantas señales de ataque? ¿Por qué construir una planta nuclear en una zona de terremotos?

Mal que nos pese, los eventos atípicos, impredecibles, extremos y transformadores, continuarán sorprendiendo y cambiando nuestras vidas. Pensar luego que existían formas de anticipar, prevenir o asegurarse razonablemente contra ellos, en muchos casos lejos de ser un revisionismo responsable de los hechos, no es más que una forma inconsciente de albergar la ilusión de que los cisnes negros son puro cuento.

Por Ec. Rafael Mantero
Analista de CPA Ferrere

Nota publicada en el diario El Observador en edición del día Martes 29 de marzo de 2011